Divisa Oficial de Ever Ludueña

Divisa Oficial de Ever Ludueña
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Mi primera vez en el diván




En ese Ferro de mis inicios, que era una gran familia, no había lugar para insinuaciones poco claras. Por eso, cuando Papandrea me gritó que me fuera lo más lejos posible y no volviera nunca más, entendí que algo se había roto en nuestra relación. Entonces, decidí consultar a un profesional. Primero probé con un otorrino, pero me dijo que mi aparato auditivo funcionaba 5/5 y que había oído bien. “Lo que no quiere usted es entender. Por qué no consulta a un psicólogo”.
No supe por dónde empezar y perdí un tiempo precioso hurgando en los Agrupados de la revista del Automóvil Club Argentino, aunque finalmente pude hallar el chiclé de alta especial para el Fiat 128 Iava. Por fortuna, una semana después me encontré con Letanú en un pool y en tren de confesiones, tras el segundo Cynar, le conté mi problema con Papandrea y me recomendó al licenciado Chornale, un ex arquero de San Telmo, famoso porque atajaba con una gorra de cashmilon.
Mi primera visita fue muy productiva. Para el licenciado Chornale. Me cobró seis meses por adelantado, porque así, me dijo, se afianzaba el compromiso. En la sesión inicial acepté acostarme en el diván, pero resultó decepcionante que no apareciera jamás el masajista con el aceite verde.
De todos modos, pude soltarme y hablar sobre mis primeros años. Le conté que mi mamá no me había parido sino que me había expulsado, y que ese detalle templó mi carácter de manera especial. “No fue la última vez que viví la sensación de expulsión –le dije a Chornale–, pero nunca lloré tanto como en la primera”.
Fui muy reacio a la transferencia, porque generalmente resulta muy dificultosa. Mi experiencia no había sido buena en ese aspecto. Un día, vi frustrada la compra de un Dodge Polara impecable, con volante deportivo, llantas de aluminio y la bocina con la melodía de “La cucaracha”, precisamente porque la transferencia se había complicado por un dueño anterior que debía patentes en Loncopué, Neuquén. Otra vez, tenía todo arreglado para jugar en Los Andes, pero hubo un paro de Futbolistas Argentinos Agremiados, porque se pedía la libertad de acción de Ruggeri, Gareca y Franceschini, y cuando levantaron la huelga, los de Los Andes ficharon a Mier Segovia. Me había ilusionado mucho con esa transferencia.
El licenciado Chornale fue muy generoso conmigo en la primera sesión, ya que adicionó cinco minutos a los 45 reglamentarios. Como miraba tanto el reloj, yo pensé que a los 42 iba a empezar a pedir la hora, pero no fue así. Se ve que había tomado en cuenta esos cinco minutos en los que me dormí y me despertó mi propio ronquido.
No volví jamás al consultorio del licenciado Chornale, pero esa consulta me sirvió para resolver mi problema con Papandrea. Comprendí que todo había sido culpa de mis padres y que era lógico que me pesara lo que dijera un tipo de apellido Papandrea (a pesar de que no me llamo Andrea, que en Italia es nombre de varón, como Andrea de Cesaris, el formidable piloto de Fórmula 1). Así que en el primer entrenamiento después de mi sesión con el licenciado Chornale me acerqué a Papandrea y le fracturé el brazo como lo hicieron con el arquero en Escape a la victoria para que pudiera atajar Stallone. Confieso que ese crack no me hizo feliz. Pero resultó un alivio.

Entrevista a Ever Ludueña


Nombre y apellido:

Mi nombre es Eber Ludueña, pero en el documento figura Eber Carlos Ludueña, libreta de enrolamiento 4 millones 4444 4…4…6, me cagó el final.

¿Ocupación?

Podría decir ex futbolista, actualmente hago televisión para poder bancar, costear el colegio pupilo de mi hijo Eber Vicente, que está en Pergamino.

¿Signo del zodiaco?

Soy Aries, guerrero, luchador. En el horóscopo chino soy perro de madera.

¿Practica algún deporte?

No, practicamente estoy retirado. Hago si, entrenamiento urbano lo llamaría, camino mucho en la ciudad, voy a hacer las compras yo mismo con el bolso de los mandados. Viste que tiene dos argollas forradas en una especie de nylon, y el bolso de red tejido. Lo cargo bien, con plátanos, camote o batata, zapallo calabacín, y eso más las leches y una horma de queso, me sirven para hacer brazos y piernas. Estoy, físicamente estoy. No te digo un cien por ciento pero un 30 o 31 por ciento estoy.

¿Qué música escucha?

Los clásicos, tengo un unplugged de Mijares, tengo… Aldo y los pasteles verdes. Después tengo mi archivo, Abba, la música de la película de Bo Dereck, mi mujer ideal. Bo Dereck es una mujer perfecta, yo soy cuatro, el marcador perfecto. La música de las películas me gustan mucho, tengo la de Tango y Cash, de Andreano Celentano.

¿Cuál es el último libro que leyó?

“Mis zonas erróneas”, un libro de autoayuda. Estoy yendo a un grupo de autoayuda que se llama: Marcadores Laterales Golpeadores Anónimos, que estamos tratando de rehabilitarnos.

¿Comida preferida?

Arroz con pollo y Casatta de postre.

¿Cuál es su noche ideal?

Arranca con una buena siesta para estar relajado, para levantarme tipo seis de la tarde, salgo de casa, voy hasta el kiosco de la esquina a comprar espirales, me rompen muchos las bolas los mosquitos, y crema de enjuague sabor madera de oriente para conservar bien mi cabello. Luego cargo gas en el Dodge, lo lavo, lo lustro, le echo un perfumín, le lavo bien las alfombras, le paso siliconas, y paso a buscar a una amiga, puede ser Silvia Peyrú, o la señorita Lee, me gusta la cosa oriental. Ir a comer algo, alguna parrillada libre, o mismo un arroz con menudos preparado por mi. Y después ir a “villa cariño“, para apretar un rato, preparar la máquina y luego un poco de dancing, mover el esqueleto, un poco de la música que se escucha ahora, Bee Gees o esas cosas, y luego un hotel alojamiento. Eso sí, peleo el precio, porque las consumiciones te matan, con decirte que llevo gaseosa de litro para bajar los costos. Le peleo el precio también porque yo no uso dos horas, como deportista que soy no puedo quemar piernas, entonces negociamos y obviamente la noche ideal termina con sexo. A quemarropa, a todo lo que da, uno o dos.

¿Hay que legalizar las drogas?

Yo tuve problemas con sustancias, ese polvito blanco que me deja duro…que es el yeso, no puedo pedir que lo legalicen, porque sería apología. La sandía con vino, psicotrópico, me gusta, pero estoy abandonando porque cuando vienen mi hijo a mi casa como a él no le gusta la sandía dejé de comprar y practicamente me olvidé. Creo que cada uno tiene que saber lo que hace, hay enormes negociados detrás de la droga y es un tema muy complejo como para que opine un simple deportista.

En tres palabras defina al General Perón.

Líder, estratega, amigo de Cámpora.

¿Qué radio escucha?

Radio Victoria y Radio Colonia. Me gustan las transmisiones deportivas de Colonia, me gusta escuchar música melódica, algún bailable también.

¿Tinelli o Pergolini?

Alfredo Cascini.

¿Cuando fue su última relación sexual?

Fue hace poco, fue por dinero. 50 pesos. Fue hace dos semanas. Rápido fue, fueron 20 minutos con juegos eróticos, todo. Arranqué con helicopterito, después la puse en 4, con una pierna extendida y la otra que se apoya sobre la rodilla, como le piden a los borrachos.


¿Quién es su ídolo?

El ancho Peuccelle, Jorge Formento, esa voz que tiene. Me gusta el gaucho (César) Mascetti, porque me gusta todo el tema del campo, el agro y los cítricos. Pero mi ídolo sin dudas es Walter Fernández, ex puntero izquierdo de Racing, ya que llegó a Silvia Peyrú antes que yo, yo la agarré después, medio baqueteada.

¿Fue infiel alguna vez?

Sí, lo fui, varias veces lo fui. La vida de los famosos es así. Yo entraba a los boliches sin pagar. No porque me conocieran, es que siempre iba con un titular del equipo, iba con Agonil, iba con Roque Erba, que a ellos los conocían y yo zafaba. Y siempre algún descarte agarraba. Estaba el flaco Riganti, fachero, entonces me tiraba a la más gordita. Y me gustaba la velocidad, los buenos autos. No le mezquinaba en esa época al combustible, tiraba rebaje, andaba en ese R12, allá en Pergamino íbamos a Spectra, lo ponía a tabla, a 60 a 70, doblaba en tercera, ¡desastre! Todo eso me llevó a ser infiel. Y te dejo un consejo: Cuando una mina me cabe la pierna, yo avanzo. Y te dejo un concepto, las casadas son las mejores, porque no abren el pico, no te pueden reclamar ni nada.

¡Mintió en alguna respuesta?

Mentí en 5,5 preguntas.

La historia de un idolo


Mi nombre completo es Eber Carlos Ludueña, tengo 48 años, soy futbolista retirado con un récord que pocos podrían exhibir: 111 partidos en primera, 25 tarjetas amarillas y 37 rojas; tres pases gol, dos tiros en el palo y uno que se fue a 20 centímetros del travesaño. Mi único tanto lo convertí en el partido despedida, de penal, no sin antes haber marrado otro.

Jamás tuve una época de oro, pero una vez salí en la tapa de El Gráfico.
Fue en 1981, en el número 12.784. A simple vista no se ve, pero si prestan atención verán mi oreja y parte de mi melena asomando atrás de la cara de Víctor Marchetti, que festejan su gol.

Tengo, además, un premio único: la Asociación Argentina de Arbitros acaba de conferirme la Gran Tarjeta Roja en mérito a mi condición de "el jugador más violento de la historia". ¿Mis apodos? Dos: "Motosierra humana" y "Terror de los arqueros (locales)".

Mi estilo de juego era el de un 4 pesado, pegado al lateral derecho, difícil de pasar, en definitiva un 4 tímido, con poca proyección. Pocas veces cruzaba mitad de cancha. Sacaba bastante bien los laterales y no pateaba los tiros libres.
Ah, una vez casi tiro un corner, pero no quise insistir porque no estaba seguro de poder volver en caso de un contraataque.

De algún modo la vida me predestinó porque nací un viernes 4 de abril (mes 4) de 1954. De chiquito, tengo pocas anécdotas de potrero, porque jugaba bastante poco, en realidad me interesaba la pelota-paleta como deporte.
Tenía un recuerdo borrado, un trauma, que apareció ya en mi veteranía, cuando acudí al consultorio de un psicoanalista. Yo era chiquito y jugaba con mi pequeño perro en el patio de mi casa paterna. El pichicho me hizo un pique corto, me ganó la posición y se quedó con la pelotita de goma. Yo, que venía en velocidad para rechazar, lo emboqué en medio del tórax... fue fatal.

La primera convocatoria para el fútbol me la hizo el técnico del equipo de la escuela industrial. "Lo cité porque era un pibe que tenía mucha movilidad", cuenta hoy, a los 94 años, el otrora técnico de San Lorencina de Pompeya. Y era verdad, yo era el único con movilidad porque un tío, acaudalado empresario del churro, me prestaba su enorme Rambler.

Pero profesionalmente jugué por primera vez gracias al 225. Estaba en Loma Negra de Olavarría, contratado por el 20 por ciento. El 4 titular, un petiso despierto y con buen manejo que vivía en Azul y viajaba todos los días hasta el club, pasaba por un gran momento y era inamovible. El día del partido contra Independiente, bajó del colectivo que lo trasladaba habitualmente y tan concentrado estaba que no escuchó que venía otro bondi atrás. Era el 225, un interurbano que unía Azul con Olavarría. Lo puso al medio. Lo rompió todo. Entonces el técnico me llama de urgencia y yo juego frente al Independiente de Bertoni gracias al 225. Perdimos 4 a 1. No jugué del todo mal.

Dentro de mi archivo de "Crónicas periodísticas de mi carrera" atesoro estas: El día de mi debut, la revista Goles dijo: "No se notó". En mi primer partido como titular, y uno de los últimos, la Sólo fútbol dijo: "Poco protagonismo".
Una vez Tito Biondi en Radio Rivadavia opinó sobre mí: "Poca proyección, pero es lento".
El día de una final de Ferro versus River, la prensa dijo: "No jugó".
Después tengo un montón de recortes de diarios donde figuran los nombres de los que integraban el banco de suplentes y tengo 16 que dicen: "Banco de suplentes: Chazarreta, Olarán, Ludueña...".

He viajado mucho gracias al fútbol. Conocí Pergamino, Olavarría, Resistencia, Rosario, Santa Fe y una vez casi viajo a Córdoba. Nunca me olvidaba de llevar mi colonia Crandall, las ojotas Adilet y fotos de mi hijo Eber Vicente, cuyo segundo nombre es un homenaje a Vicente Pernía. Entre otros jugué en Ferro, Douglas Haig, Chaco For Ever, Desamparados de San Juan y Loma Negra.

El azar intervino muchas veces. Por ejemplo, estando en un Registro de Propiedad del Automotor actualizando patentes, conocí a Pascutini, quien me propuso llevarme a jugar, en agradecimiento a que le cuidé su lugar en la cola.

Varios clubes me declararon intransferible. Todos los años me ofrecían otras instituciones pero nunca me querían comprar. Entonces los dirigentes venían y me decían: "Usted es intransferible, Ludueña... no se lo podemos embocar a nadie".

Y hay más, una vez jugué infiltrado. Estaba en Ferro, enfrentamos al River de Jota Jota, Merlo y Alonso. Había que convertir un gol para no descender.
Perdíamos 4 a 0. En el entretiempo, Timoteo me dijo: "Lo voy a infiltrar".
Aprovechando mi parecido con Saporiti, lo dormimos con cloroformo, me subieron un tono la tintura capilar, me consiguieron camiseta de River y me infiltraron en el plantel adversario. Entré con la misión de cometerle un penal a la estrella de mi equipo: Adolfino Cañete. Creo que me extralimité, porque le hice la falta y lo quebré. Cobraron penal. Pero quedamos sin pateador.
Entonces lo ejecutó Crocco... y lo tiró a la segunda bandeja.

Tiré una bicicleta en cancha de Argentinos Juniors, al Flaco Carabeli.
Sucedió una fría tarde de 1984. Yo entré a los 38 del segundo tiempo.
Jugué bastante bien esos siete minutos. A la salida veo que mi bicicleta, con la que me movilizaba porque había soplado la junta de tapa de cilindros de mi R12, estaba rayada. El culpable había sido Carabeli, quien la rayó al sacar su 128 IAVA del estacionamiento. Me puse tan furioso que le tiré la bicicleta.

Mi jugada exclusiva se denomina "La pavota". Consiste en pisar la pelota y hacerle describir una "v" cuyo vértice pasa por un eje vertical imaginario.
Sirve para mostrarle la pelota al adversario y provocarlo. Cuando alguno de ellos se acerca a menos de cinco metros, lo reviento. Ver una tarjeta roja al aire era para mí una ofensa; quiere decir que pegué, pero no cumplí con el requisito fundamental que es que el árbitro no lo note. Lo que sí me emociona es el sonido de una lesión. Aún hoy sigue siendo música para mis oídos.
La misma sensación de éxtasis que da el olor a yeso.

Mi preparación era muy simple: afilaba los tapones, comía de todo, ya que siempre fui un jugador de buen porte, bastante lento y pesado. Nunca fumaba en los entretiempos. En realidad, la mayor parte de mi carrera la desarrollé en el banco de suplentes. Estaba cómodo ahí. Me gustaba no tener que bañarme después del partido. En el banco, mi mente se disparaba hacia los arreglos que iba a hacer en casa, comparaba los precios de los materiales. También practicaba trabalenguas, o leía Nippur de Lagash. O repasaba mi listado de ídolos: admiré la aspereza de un Hacha Ludueña, los bigotes de Van Tuyne, la melena de la Pepona Reinaldi, el hermetismo de Carrascosa con la prensa, el apellido de Killer y el tapado blanco de Diego.

En mi época de jugador solía tener poco sexo. No porque me cuidara especialmente, sino porque me costaba encontrar compañera para hacerlo.
De todas maneras, si se daba, yo exigía ir abajo para no consumir piernas.
Concentraba con rigor, porque no quería darles más motivos a los técnicos que, de por sí, no me ponían en la cancha. Para escaparme a bailar (según la época, boliches tales como Mau Mau, Club 74, Spektra de Pergamino, Kalahorra de Pérez, Ponciano de Rosario, y el mejor Sambae, de San Lorenzo) usaba la vieja treta del velorio de una tía. Tanto la usé que cuando mi tía murió, para ir a su velorio pedí permiso para ir a bailar.

Mi técnica de levante era sencilla. Caminaba hacia ellas con mirada indiferente.
Llevaba los fasos en las mangas arremangadas de mi camisa. Siempre avanzaba con un trago en la mano. Y el estéreo en la otra. Eso da señales de alguien con buen poder adquisitivo. Mataba con la música de Camilo Sesto, Abba o Demis Russous.

El recuerdo de mi tía me lleva también al recuerdo de mi acción más violenta, que curiosamente no fue en un campo de juego. En un cumpleaños, ella me regaló una pipita que había que soplar para mantener en el aire una pelotita, y un pañuelo, siendo que yo esperaba un Excalectric. Fui a buscar mis botines con los tapones intercambiables de aluminio, la corrí y la puse.
Le rompí tibia y peroné.

Mi desembarco en el exterior fue casi por casualidad, como las grandes cosas en la vida. Sucedió que el Lecce compró a Gonzalito, un puntero hábil y escurridizo que jugaba conmigo en Douglas. Pagaron por él 1.996.000 liras.
Y había que mandarles el vuelto. En la secretaría del club no había un mango.
Mucho menos había liras. Así fue que me enviaron a mí, a modo de vuelto de la operación.
Costé 4.000 liras. Jugué un partido y la mitad de otro hasta que partí al medio al ídolo del Dinamo de Kiev en un amistoso.

Nadie quería cambiar su camiseta conmigo. La única vez que cambié camisetas fue con Larraquy. Éramos vecinos y me acompañó en el auto a cambiar unas de frizas que había comprado pero me quedaban chicas.

A lo largo de mi carrera fui relacionado con varias figuras del espectáculo, como Constanza Maral, Conni Vera o Elena Sedova. Pero mi gran amor fue Silvia Peyrou. Legalmente, me casé con Mabel. La quería, aunque debo confesar que me casé de apuro. Ella quedó embarazada, sus primos y hermanos me apuraron.
Duró poco. Me separé cuando me enteré que andaba con el preparador físico del equipo.
Llegué a sorprenderlos en mi casa. Furioso, corrí hasta al placard y entonces vi con alivio que él no había osado usar mis Adilex. Entonces, perdoné (al preparador físico).

Ya a fines del '90 me contrató Chacarita. Iba camino a San Martín para la primera práctica con Chaca y pinché una goma del Renault 12; al cambiarla se deslizó el gato y el auto cayó sobre mi pie derecho. Abandoné el fútbol, aunque tuve oportunidades de volver, pero no llegaba al nivel físico que deseaba, ese 35 por ciento mínimo que siempre defendí. Es por eso que no puedo decir bien en dónde terminé mi carrera. Por lógica pertenecía al plantel de Chaca, pero el último partido fue en Chaco For Ever y no jugué, o sea que la última vez que pisé un campo de juego sería en Douglas Haig de Pergamino.

Una de las cosas más ingratas de mi carrera no ha sido la poca repercusión que alcancé como deportista, sino que esta intrascendencia haya sido el comentario obligado por parte de hinchas y periodistas a la hora de tener que hacer una referencia hacia mi persona. Ese fantasma pareció evaporarse el día que apareció un autógrafo mío en las instalaciones de Don Braulio Casenave, el almacenero de mi barrio. La noticia generó estupor. Fue motivo de discusión en programas prestigiosos como Polémica en el fútbol. Sin embargo, todo se derrumbó definitivamente con el testimonio del comerciante que dijo que anotó mi nombre porque yo le había pedido fiado, y que el número 4 que acompañaba la firma que antes me había pedido era el monto que le había quedado debiendo.

Filmé publicidades de cigarrillos Kent y de vestimenta Thompson y Williams, que nunca salieron al aire. Pero hoy disfruto la fama de la televisión a la que llegué haciendo un micro que se llamaba "El rinconcito de los veteranos", en TyC, con información útil para ex futbolistas. Nosotros tuvimos la exclusiva del lanzamiento de la Asociación Ayuda a Víctimas de Vicente Pernía, Mostaza Merlo, Américo Gallego y Eber Ludueña. Dábamos ayuda psicológica y médica para soportar las secuelas del juego brusco que practicábamos.

Me encantaría que la historia me recuerde como lo que fui, un 4 tímido, con poca proyección, áspero, pero sin mala intención. Detrás de mi aspecto duro de jugador aguerrido se esconde un tierno, un tipo sacrificado al que todo le costó mucho esfuerzo, que lesionó a muchos colegas, pero siempre sin mala intención.
Que todo lo que hizo fue por el bien de su familia y que siempre soñó con estar en el hall de la fama junto a los grandes. Y el tiempo me dio la razón: al estilo de Diego Díaz, logré cobrar notoriedad como futbolista, una vez retirado.
Y créanme que estaría satisfecho si algún día tu hijo te pregunta:
"Papá, ¿quién fue Eber Ludueña?"

EVER LUDUEÑA REGRESA AL FUTBOL ARGENTINO. El destacado Nº 4, en conferencia de prensa que brindara en la Ciudad de Corrientes anunciara su retorno y aportara a la prensa todos los detalles de esta tan trascendente noticia.
Acreditaciones 03783-15-206460

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